El uribismo ya no es dueño de la derecha: lo que revela la pelea entre De la Espriella y los hijos de Uribe
La pelea entre Abelardo de la Espriella y los hijos de Álvaro Uribe parece otro episodio de la cocina interna de la derecha colombiana. No lo es. Es la primera evidencia pública de que el uribismo ya no controla la narrativa que él mismo construyó hace dos décadas.
Los hijos del expresidente acusaron al abogado y precandidato de pagar influenciadores para atacar la candidatura de Paloma Valencia, una de las cartas con sello uribista de cara a 2026. La respuesta de De la Espriella fue corta y calculada: "Nos encontraremos en junio." Y deslizó algo más interesante en el aire: la posibilidad de una futura alianza.
No es un cruce más de redes. Es un movimiento estructural. Por primera vez en años, alguien que se construye desde la derecha confronta directamente a la familia que ha sido custodia simbólica del proyecto uribista. Y lo hace sin pedir permiso, con su propia maquinaria digital, y sugiriendo que tiene una mesa de negociación que los Uribe no vieron venir.
Lo que está pasando no es una pelea de candidaturas. Es una transferencia narrativa. Durante dos décadas, el uribismo fue el sistema operativo de la derecha colombiana: definía quién era enemigo, qué era seguridad, cómo se hablaba del Estado, qué significaba patria. Esa hegemonía se está desensamblando frente a una nueva generación de figuras que no necesitan al uribismo para existir — pero que sí necesitan su base electoral.
De la Espriella encarna ese vacío. No viene del aparato, viene del litigio mediático, de las redes, de un estilo más personalista y más agresivo. Y entendió antes que los demás algo incómodo para Rionegro: en 2026 no se gana con la marca Uribe. Se gana con la marca de quien sepa heredar el sentimiento sin cargar con el desgaste del nombre.
La acusación sobre influenciadores pagos es lo secundario. Lo importante es que los Uribe se vieron obligados a salir a defender a Paloma Valencia en público. Eso significa que ya no pueden manejar la disputa por canales internos. La autoridad informal del expresidente para ordenar su ecosistema empieza a fallar, y cualquier candidato uribista en 2026 va a tener que validarse no por bendición — sino por capacidad de pelear con figuras como De la Espriella en su propio terreno: el digital, el confrontacional, el viral.
La frase "nos encontraremos en junio" no es retórica. Es un mensaje dirigido a los operadores políticos: hay una fecha donde se va a decidir si la derecha entra unida o fragmentada a las primarias. Y quien controle la narrativa hasta ese punto, controla la mesa.
La derecha colombiana llega a 2026 con un dilema que aún no se atreve a nombrar: el uribismo sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. De la Espriella entendió esa grieta antes que nadie. Por eso ataca antes de que lo ataquen.
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